Otro trapiche que se va en Piedecuesta

Este artesanal oficio es cada vez más un recuerdo de quienes vivieron la Piedecuesta, Floridablanca e incluso Bucaramanga llena de cultivos de caña. Hoy las manos que por años han cortado, batido y empacado la panela miran con bastante incertidumbre el futuro de los trapiches y el de sus vidas.

Una aguapanelita con almojábana o con queso; melado con cuajada; aguapanela con leche o un tinto con panela. ¿Alguna de estas delicias gastronómicas le suena? Es que si usted es colombiano, es imposible que no las conozca, pero además, si usted tuvo la fortuna de conocer Bucaramanga y el área metropolitana unos 50 años atrás sabrá que esta zona tenía extensos cultivos de caña y por ende era una gran productora de panela. Hoy, ya solo quedan recuerdos.

Y esto sí que lo sabe Germán Pava Capacho, gerente de Coopanelas desde hace 30 años, y quien desde niño ha estado de cerca conociendo el proceso de la panela.

“Cuando yo era niño, hace 50 años, los cañales empezaban en el puente García Cadena… Provenza era una finca gigante de los Remolina, que también tenía cultivos de caña, de la cual solo queda la casa. Cañaveral se llama así, porque desde el Centro Comercial hasta Girón estaba lleno de caña. En el área metropolitana se acabó la producción de panela y la que llega es de la olla del río Suárez”, comenta Pava Capacho, mientras pide un tinto con panela, pero en polvo, una nueva modalidad que a él personalmente no le gusta tanto.

Coopanelas, como su nombre lo indica, es la cooperativa que asocia a los paneleros de esta zona de Santander y fue fundada hace 76 años, un 28 de noviembre, por lo mismos dueños de los trapiches. En esa época, eran 200 miembros, cuenta su gerente, hoy solo quedan 29 y restando, de los cuales solo cuatro aún tienen trapiches.

En la época de apogeo del cultivo, la caña se sembraba en Girón, Rionegro, Floridablanca, Piedecuesta y en una zona de Bucaramanga. Para ese entonces, habían cerca de 200 trapiches de los cuales, dice Pava, hoy no alcanzan a quedar ni 10. Y es que el proceso artesanal de producir panela no solo se fue volviendo obsoleto, sino costoso y poco rentable, por lo que el desarrollo de la ciudad fue consumiendo los terrenos extensos de caña y sus propietarios prefirieron vender para construir que seguir en el negocio de la panela.

“Yo diría que cambiamos comida por casas. Obviamente no hay comparación en lo económico entre cultivar una hectárea para caña o construirla. Una hectárea en condiciones normales produce 120 cargas de panela, que convertidas a cajas son 120 cajas que traen 32 unidades”, asegura Pava Capacho.

Uno más que se va

Piedecuesta, dicen quienes han sido trapicheros y conocen el negocio, era llamada la capital panelera. Hoy este municipio santandereano se despide de uno de los últimos cuatro trapiches que aún conserva, ubicado en Tierra Buena, como se llama la finca, que hasta apenas la semana pasada realizó su última molida para darle paso a una nueva construcción, como ha sucedido con el resto de cultivos.

El molino gigante, movido por agua, como lo hacían hace un siglo los trapiches tradicionales, sigue la marcha, mientras uno de los nueve trabajadores del lugar mete la caña para ser molida. El trapiche, lleno de caña sin moler y ya molida, es naturalmente empalagoso. Lleno de dulce y de aroma. Lleno de hombres arrugados y cansados que se esfuerzan para sacar una última producción de la que ha sido su sustento, la panela.

“Uno que fue criado en esta finca le genera nostalgia que esto se acabe. No tanto porque se deba salir de aquí, sino que ¿qué le vamos a dejar a nuestros hijos? Vea yo transporto por la parte de Santa Ana, Barbosa, toda esa zona panelera y eso le genera a uno rabia de por qué nosotros no tuvimos esa cultura de mantener esa tradición… Tantas cosas de nuestros antepasados…”, dice con indignación Édgar Eduardo Cediel Prada, quien dejó la inclemente labor de recoger caña para transportar panela, porque reconoce que los bajos costos del producto y la pérdida de la tradición trapichera han sido el fin del negocio.

Dura labor

Y aunque ser trapichero no es una labor ni bien remunerada, ni asegurada, y mucho menos agradecida, es la que saben hacer muchos hombres de la región, quienes como el padre de Édgar Cediel no conocieron otra forma de ganarse vida.

“No es un trabajo fácil que digamos, son trabajos duros… cuando usted despaja caña en verano, imagínese tener como cinco mil agujas picándole en su cuerpo y tener usted que aguantarse eso. Pero el cuerpo se adapta ya a eso, como todo. Somos animales de costumbres”, dice sin reparos Édgar Eduardo.

“Con esto se acaba el sustento de muchas familias, porque yo prácticamente crié a mi familia trapichando y trasnochando. Pa’ mí la panela significa mucho, porque lo mucho o poco que tengo me lo ha dado… No es que esto sea bonito pero uno se acostumbra…”, expresa Alonso Pineda, quien desde los 14 años trabaja trapichando y hoy tiene 53 años y no sabe qué otro oficio hacer.

Cada producción de panela arranca el lunes a primera hora de la mañana hasta el viernes o sábado. Durante estos días, los encargados del trapiche se turnan para descansar entre una y dos horas diarias, máximo. Las jornadas de esta labor son extenuantes y casi que inhumanas.

De acuerdo a las cargas que hagan en la semana les pagan. Ahora, dice, salen unas 70 cargas, antes rendía hasta 100 y cada una la pagan a $2.700. Es decir que por una semana de trabajo en la que durmieron máximo una hora por día, estos señores se llevarán a su casa 189 mil pesos.

Gerardo, a secas y sin apellido, dice entre su tímida voz que lleva al igual que sus compañeros toda la vida trabajando en trapiches y aunque también sabe lo mal que va el negocio en términos económicos, no cambiaría su trabajo y mucho menos la panela que la zona produce, pues para él no hay otra que se le compare en sabor.

“…Usted se come un pedazo de panela y eso es una delicia. Eso es un calcio. Desde pequeño que mi papá sembraba caña yo comía y trabajaba en esto…”, comenta Gerardo, quien ha recorrido diversas zonas del país trapichando, pero dice sin dudar que “la mejor panela es la piedecuestana, las otras traen muchos ingredientes”.

Un poco más de historia

“La caña de azúcar para panela es originaria de la india y llegó a Colombia hacia 1800 y se estableció en ciertas partes como Valle del Cauca, en donde hubo los primeros trapiches. Y así se fue expandiendo por todo el país. Una de las zonas más prósperas para este cultivo fue lo que es hoy en día el área metropolitana de Bucaramanga”, explica Pava.

De acuerdo con el gerente de Coopanelas, la zona metropolitana fue tan panelera precisamente porque cuenta con un piso térmico ideal para cultivar caña de azúcar, en el que durante el día hace calor y en la noche la temperatura baja, cuenta el experto, por la cercanía al páramo. Eso hace que haya mayor rendimiento de la caña respecto al azúcar que contiene. En palabras más coloquiales, que el cultivo produzca buena caña y por ende buena panela. Claro que esto ya no se da tanto, pues precisamente al contar con menos vegetación, es más el calor que los cultivos ahora reciben.

“Uno de los trabajos más pesados que uno pueda tener es este. Yo todavía estoy joven, pero hay mucha persona de edad que al acabarse esto ¿de qué van a vivir? Irse al parque de Piedecuesta a pedir limosna… no hay que echarle la culpa a nadie, pero esto duele y da impotencia no poder ayudar a la gente que hizo parte de la vida de uno”, concluye Édgar Cediel, mientras se fuma un cigarrillo y ve trapichar a sus compañeros por última vez, pues esta Tierra Buena será ahora un condominio.

Tomado de: Vanguardia Liberal

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