Silvia Galvis Ramírez

Por: Oscar Humberto Gómez – Fotografía: Vanguardia

El domingo 20 de septiembre de 2009, cuando se encontraba en su residencia ubicada en Ruitoque Condominio, comprensión municipal de Floridablanca, murió una de las más destacadas periodistas colombianas. La santandereana Silvia Galvis, quien era además, politóloga de la Universidad de los Andes, miembro de la Academia Colombiana de Historia y escritora, autora de numerosos libros, pero sobre todo una de las inteligencias más lúcidas, una de las mujeres más capaces y una de las personas más honestas que ha dado esta tierra a lo largo de su convulsionado devenir histórico.

Había nacido el sábado 24 de noviembre de 1945 en el hogar formado por Alejandro Galvis Galvis y Alicia Ramírez de Galvis. Alumna aventajada del tradicional colegio de La Presentación, obtuvo allí su título de bachiller. Realizó sus estudios superiores en la Facultad de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, con sede en la capital de la República, y posteriormente adelantó estudios de idiomas en Estados Unidos y Alemania.
En la década de los años 80 laboró en Vanguardia, el periódico fundado por su padre, donde fungió como destacada columnista, fundadora y directora del Departamento Investigativo y, finalmente, directora general, cargo que asumió prácticamente sobre las ruinas del diario, volado en un atentado terrorista por sicarios al servicio del cartel de Medellín, la tenebrosa organización criminal que asoló al país en aquella nefasta década.

El 13 de noviembre de 1982 el Departamento Investigativo de Vanguardia obtuvo mención especial en el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y cinco años más tarde, en 1987, Silvia Galvis recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a la mejor columna de opinión del país, galardón que le fue entregado por el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri. En la década siguiente fue columnista del matutino El Espectador y de la revista Cambio.

El legado literario de Silvia Galvis comprende los libros ¡Viva Cristo Rey! (1991), Vida mía (1994), Sabor a mí (1995), Los García Márquez (1996), De la caída de un ángel puro por culpa de un beso apasionado (1997), De parte de los infieles (2001), Soledad, conspiraciones y suspiros (2002) y La mujer que sabía demasiado (2006), además de su obra póstuma: Un mal asunto (2009), novela policíaca basada en el fratricidio del que fue víctima la ex parlamentaria Martha Catalina Daniels. Fue también coautora de los libros: Colombia Nazi (1986) y El Jefe Supremo (1988).
En 2007, Silvia Galvis lideró la recolección de firmas de artistas e intelectuales que se pronunciaron públicamente por la paz de Colombia, presionando a la guerrilla y al Estado para poner fin al conflicto interno mediante una salida política negociada.

Silvia, sin embargo, no se limitó a su condición de intelectual, sino que extendió su papel de mujer a los naturales de madre y abuela. En el primero, educó a sus dos hijos, Alexandra y Sebastián; la primera bióloga y el segundo director de Vanguardia desde los inicios de 1996, ambos hijos de su primer matrimonio con el ingeniero alemán Gerhard K. Hiller Brauer. En el segundo, contribuyó a alegrar la vida de sus tres nietos, Mariana, Sofía y Sebastián Hiller Zafra, quienes en involuntaria reciprocidad alegraron la suya.

Para el libro “Silvia, recuerdos y suspiros” (2010), escribí una nota de la que hoy reproduzco los siguientes apartes: “Mis imágenes de Silvia Galvis son tan puntuales y tan nítidas, que a veces me lamento de no tener habilidad con el pincel. Si la tuviera, podría dibujarlas de memoria”. Está riéndose a carcajadas, el día en que la conocí en su oficina de Vanguardia, cuando le acabamos de contar que, al preguntarla, la recepcionista nos replicó: “¿Los señores de dónde son?”, y Gerardo Delgado Silva le contestó: “De dónde somos, qué, señorita… ¿oriundos? Yo, de Barichara”. Se rio tanto, pero tanto, que desde entonces tuve la impresión de que ella no encajaba en el ambiente serio y formal que yo percibía dentro del diario. Jamás he olvidado su risa festiva de aquella mañana.
Cuando los años pasen, creo que debería definirse a Silvia Galvis como una mujer que fue capaz de reír a pesar de haber vivido en un medio acartonado e hipócrita, donde casi nadie reía. Claro que también podría ser definida de otras maneras: por ejemplo, como una mujer que teniéndolo todo para haber llenado su casa de porcelanas, cristales, lámparas y tapetes finos prefirió llenarla de libros.

Está, en cambio, llorando, tratando inútilmente de ocultar los ojos detrás de unas gafas oscuras, cuando yo la saludo desde la recepción del diario, donde me estoy identificando para ingresar, el día en que acaba de morir su padre. Tendrá la deferencia de publicar mi carta de pésame en su leída columna “Vía Libre”.

Está sentada frente a su máquina de escribir riéndose a carcajadas de mi apunte: ella me ha dicho que no encuentra cómo rematar la columna que está escribiendo. Yo le he preguntado de qué trata y me ha explicado que hace 50 años Vanguardia publicaba que los habitantes de San Vicente de Chucurí le estaban clamando a gritos al gobernador de Santander de entonces, -sin que éste los escuchara- por la solución de unos problemas que ahora, 50 años después, son exactamente los mismos por cuya solución están otra vez clamando a gritos los chucureños actuales ante el actual gobernador, sin que éste tampoco dé señales de estarlos escuchando. “O sea, -le digo yo- que 50 años después el gobernador de Santander sigue necesitando un otorrino”.

Silvia rematará, entre carcajadas, su columna con mi apunte. A partir de ahí lo hará una que otra vez, sin dejar de reírse de mis ocasionales ocurrencias.

Está de pie, frente a los escombros de Vanguardia  el día en que, prácticamente sobre sus ruinas, asume la dirección del periódico.
En ese momento le está diciendo a la televisión que “No somos una brigada militar”  y que “Nos han destruido físicamente, pero los principios permanecen intactos” . Un carro bomba ha estallado frente a la puerta del periódico, ha matado a varios de sus trabajadores y ha dejado en la calle a sus vecinos.


“Cuando los años pasen, creo que debería definirse a Silvia Galvis como una mujer que fue capaz de reír a pesar de haber vivido en un medio acartonado e hipócrita, donde casi nadie reía. Claro que también como una mujer que teniéndolo todo para haber llenado su casa de porcelanas, cristales, lámparas y tapetes finos prefirió llenarla de libros”


SILVIA3Está ingresando a mi oficina, portando en una de sus manos un voluminoso libro que me lleva de regalo. Es su novela histórica “Soledad, conspiraciones y suspiros”, cuyas ochocientos ochenta y ocho páginas habré de leerme en los tres días siguientes.
Está, finalmente, sola, ausente, triste, distante de nuestra vida, sin la explosión de su risa, sin su valor civil, sin su punzante pluma, sin su crítica mordaz, sin su buen humor, sin su acelere. Está dentro de una caja de madera y me dice, no sé quién, que su funeral comenzará a no sé qué hora del día siguiente. Yo acabo de llegar al lugar y lo he encontrado casi solo. Es posible que me haya aumentado  esa sensación de soledad inmensa el no haber visto por por ahí a ningún miembro de su familia. Al día siguiente, solamente me asomaré a la inmensa sala fúnebre que ya para entonces rebosará de calor y de lagartos.
Silvia Galvis murió al mediodía del domingo 20 de septiembre de 2009 en su cabaña ubicada en la “Mesa de las Tempestades”  y de la cual llegó a decir, entre risas, que ampliaría a escondidas para poder construir una pequeña terraza donde nos sentáramos a tomar tinto y a darle rienda suelta a esa distracción, hoy desaparecida, que las generaciones pasadas llamaban “hacer tertulia” . Cuando la evoco, no puedo evitar pensar que pasó por mi vida demasiado aprisa y estoy tan desacostumbrado a la idea de que murió, que a ratos me parece que cualquier día, cuando menos me lo imagine, voy a escuchar otra vez su voz en el teléfono.

Silvia solía escribirme cuando se encontraba fuera de Colombia. Hoy quiero reproducir el texto de la carta que me remitió desde Canadá a propósito de las observaciones que le hice a su libro Soledad, conspiraciones y suspiros:

“Sábado, 29 de abril de 2006
Oscar Humberto,
Estoy anonadada por la dedicación que le pusiste a la lectura del libro. Mucho te agradezco la autopsia tan precisa y las múltiples lecturas que encontraste. Nunca nadie le había dedicado ese tiempo ni esa inteligencia a las 888 páginas de Rafael y Soledad. Todavía no me has dicho cuál es el personaje oculto que encontraste y me tienes intrigada, porque fuera del omnisciente y los que se nota que son, no puedo pensar en un Núñez oculto, pero me encantaría saber cuál es ese personaje a la sombra que descubriste.
Nosotros llegamos bien y aunque Montreal está helado la ciudad es una delicia. Me alegra mucho que hayas conocido a Alberto y que hayas entrado a su lista de personas apreciadas y de absoluta confianza. Espero que nos veamos a nuestro regreso que será en julio, cuando probablemente ustedes estén a punto de subirse a la mesa de Ruitoque.
Saludos a Nylse, me alegró mucho conocerla y, antes de terminar, otra vez mis más sinceras felicitaciones por tus exitosísimas carreras, una tan seria y otra tan divertida. El campesino embejucao nos lo trajimos para que los colombianos que conocemos aquí lo conozcan y se diviertan. Un abrazo y de nuevo mil gracias por las observaciones sobre el libro y por tomarte el tiempo para precisar los errores del texto y codificar todos esos pensamientos en palabras. Silvia”.

Me tenía invitado a una reunión que ella organizaría para que sus nietas conocieran al “Campesino Embejucao” , pues no solo escuchaban sus canciones, sino que hasta representaban sus dramatizados y profesaban un inmenso afecto por el burrito “Raciocinio”.  Habíamos convenido que iría, como era obvio, con el traje artístico puesto y acompañado de mis músicos, y que previamente “El Campesino Embejucao”  llamaría por teléfono, preguntaría por ellas y les pasaría a “Raciocinio ”, en todo lo cual el ingeniero de grabación y sonido Mario Serrano desempeñaría, desde luego, un papel fundamental.

Infortunadamente, la tarde del domingo en que pensaba ir para que las niñas conocieran al personaje “Raciocinio ” -por supuesto, él no iría porque se había ido a hacer unas diligencias-, se desató en la Mesa de las Tempestades una de sus tormentas emblemáticas y por ello la visita se dañó. Le prometí entonces que iría al domingo siguiente. Ese nuevo domingo, recién pasado el mediodía, llegué a mi casa y mi hijo mayor me dijo: Papi, ¿supiste la noticia?  &

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