Yolanda Ardila, la campeona

El viernes 29 de junio de 1979 fue un día soleado en Bucaramanga. Durante esa semana, la ciudad había recibido tenistas de las mejores ligas del país para disputar el XX Campeonato Nacional. Sobre las diez de la mañana los asistentes ocuparon las graderías de la cancha principal del Club Campestre de Bucaramanga; se percibía alegría pero también ansiedad pues una bumanguesa enfrentaba la gran final contra la vallecaucana Carmen Patricia Bueno, una de las mejores tenistas de Colombia. El partido se definió en dos sets a favor de Ardila, quien con los brazos en alto corrió a abrazar a su entrenador y su familia. En ese momento Santander lograba por primera vez una medalla de oro en tenis y la nueva campeona se consagraba ante un público que no cesaba de aplaudirla.

 

Yolanda nos recibe en su apartamento con la amabilidad que la caracteriza. Quisimos revivir con ella todos los momentos, tropiezos y victorias que marcaron su carrera, que fue sin duda admirable, gracias a la cantidad de participaciones que la llevaron a representar al país en certámenes internacionales. Hoy es una brillante ortodoncista y ortopedista maxilar, casada con el odontólogo y rehabilitador oral, Mauricio Peña Castillo y madre de Nicolás y Juliana.

Quienes hemos tenido la fortuna de conocerla sabemos que no es una mujer acostumbrada a las pausas. Su estilo de vida dinámico y organizado le ha permitido ejercer su profesión y mantener un estado físico envidiable, fruto del entrenamiento con los instructores del Club Campestre con quienes juega a diario, a pesar de estar alejada de toda competencia. Su voz un tanto agitada, no oculta la emoción al evocar su niñez mientras contempla el álbum de fotografías y fragmentos de periódicos que Rénee Serrano, su mamá, coleccionó amorosamente muchos años.

 

Su camino en el tenis comenzó cuando tenía siete años, en ese tiempo ella practicaba la natación, aunque nunca pudo identificarse con las piscinas así que decidió migrar al tenis con la complicidad de su hermano Juan Carlos, quien ya jugaba con gran destreza. Aprendió junto a un puñado de niños bajo la supervisión de Hernando Leguizamón, a quién recuerda como un hombre cálido y ocurrente. “El profe Leguizamón era como un papá para todos, recuerdo que nos decía ‘cuchitos’. Lastimosamente se marchó muchos años para Venezuela”, dice con nostalgia al recordar a su primer entrenador.

 

La responsabilidad de continuar el adiestramiento recayó entonces en Juan Manuel Rodríguez, un tenista altamente competitivo cuya experiencia en selecciones departamentales y universitarias le había permitido cosechar importantes títulos. Juan Manuel, conocido en el mundo del tenis como ‘Pepino’ lideró un equipo de jóvenes promesas, que en representación del Club Campestre de Bucaramanga, empezó a destacarse en competencias locales y nacionales. El instructor recuerda que con ella el entrenamiento resultaba muy fácil ya que siempre mantenía mucha constancia el grupo, algunas veces era dominante queriendo imponer su forma de golpear la bola o moverse en la cancha, sin embargo, siempre terminaba asimilando todo lo que se le indicaba. Era una tenista incansable. Pienso que debido a su fortaleza mental soñó que podía ganarle a las dos mejores del momento, y así lo hizo”, afirma con tono tajante, orgulloso de su alumna, como si el entrenamiento hubiera sido ayer.

 

Yolanda Ardila formó parte de un momento maravilloso para el tenis santandereano que se materializó a principios de los años 70 y continuó hasta mediados de la década de 1990, cuando surgieron figuras de esta tierra que dominaron en todos los torneos y se convirtieron en las primeras raquetas de Colombia. Fue un tiempo donde reinaba la camaradería, el respeto y un inquebrantable empeño por llegar a ser los mejores, pues eran pocas las posibilidades de surgir, si se compara con la cantidad de competencias de hoy, sin contar con la facilidad para viajar y los avances tecnológicos.

Entrenar era una posibilidad de escapar de la rutina diaria que comenzaba todas las mañanas en el Colegio de la Santísima Trinidad, hasta la una de la tarde, en ese trance anhelaba que el tiempo pasara rápido para ir al club. El juego con el equipo iniciaba a las tres de la tarde y se prolongaba hasta las seis.

Pero más allá de la actividad física, el grupo de jóvenes disfrutaba un espacio para bromear y fomentar su amistad. Sin embargo, desde que aceptó el reto de competir, Yolanda tomó el deporte muy en serio. Su voluntad de evolucionar fue férrea e inquebrantable, tanto así que ella misma se preparaba físicamente dando vueltas a la cancha de golf del Club Campestre, sumado a muchas horas dedicadas a jugar en solitario contra el muro o ensayando el servicio, todo para ser la mejor.

 

Siempre admiró a los grandes tenistas de la época, la norteamericana Chris Evert Loyd y el Sueco Björn Borg. Pero su ejemplo a seguir fue su hermano Juan Carlos, por su disciplina y su tenis prodigioso. Dicho ejemplo la motivó a ser muy competitiva. Su voluntad la obligaba a acostarse temprano, por ello, a diferencia de muchos de sus amigos no tuvo la costumbre de salir a fiestas pues sabía que esas horas de sueño extra eran una gran ventaja frente a sus oponentes. Su estado físico le permitía jugar un partido durante dos o tres horas de forma intensa, con una rápida recuperación en caso de que el encuentro llegara a prolongarse. Su desempeño en la cancha se basaba en la estrategia para estudiar las debilidades y fortalezas del oponente, un consejo que asimiló perfectamente del ‘profe Pepino’, quien siempre le decía: “El juego antes de iniciar el partido no es para calentar, usted a la cancha llega caliente, ese tiempo es para analizar como golpea el contendor”.

 

Su estilo de juego inteligente, con excelente colocación y movilidad le permitió asistir por primera vez a un campeonato nacional con solo 8 años de edad. La experiencia sería determinante para empezar a dominar una a una, las diferentes competencias regionales: el Torneo de la Raza que se jugaba en el Parque de los Niños, el Torneo Santo que organizaban el Club Campestre y el Club Unión, además de los eventos organizados por la Liga Santandereana de Tenis. De esos años recuerda especialmente a Gloria Patiño, “su eterna rival” contra quien disputó incontables finales.

De igual manera, continuó cosechando triunfos para el Club Campestre de Bucaramanga y su departamento en competencias nacionales en Armenia, Bogotá, Manizales, Pereira, Medellín y Barranquilla, donde demostró que estaba para grandes cosas.

 

Llegando a la cima

El momento crucial de su carrera, fue el campeonato nacional que obtuvo en Bucaramanga en 1979. Previamente había vencido a las antioqueñas Ana Múnera y Clara Noreña, en primera y segunda respectivamente. Después, vendría la semifinal y con ello uno de los juegos más esperados enfrentando a la entonces campeona nacional, Mónica Isaza de Bogotá, a quien dominó en tres sets haciéndola mover por toda la cancha e insistiendo en su revés.

Lo demás es historia. El encuentro final frente a Carmen Patricia Bueno se definió en dos sets, el primero ganado sin problemas por Yolanda 6-0. En el segundo, su rival de Cali la aventajaba a 5-3, pero entonces salió a relucir todo el potencial de la bumanguesa, quien con el aliento del público logró revertir el marcador a 7-5 para redondear su hazaña.

 

Muy pronto, Yolanda Ardila, a los 12 años estuvo entre las 3 mejores tenistas del país en su categoría, circunstancia que le valió ser convocada por la Federación Colombiana de Tenis para integrar los seleccionados que representaron al país en tres campeonatos suramericanos. Participar en estas instancias, no solo le brindó experiencias, también le significó ser visible en los medios de comunicación que registraron sus triunfos, destacándola como una de las mejores deportistas de Santander en varias ocasiones.

 

La tecnología avanzaba y los cambios empezaron a notarse en el deporte. La televisión llegó a color y con ello las bolas blancas pasaron a ser amarillas. Estos avances también se evidenciaron en las raquetas, que de la madera evolucionaron al metal, y luego a la fibra de vidrio, sin mencionar las innovaciones en calzado y prendas deportivas. Sin embargo, la posibilidad de conseguir los nuevos implementos era complicado. Por ejemplo, para adquirir una raqueta de última generación, ésta debía encargarse a familiares o amigos que viajaban a Estados Unidos.

 

Un sueño quebrantado

A los16 años, la bumanguesa recibió una invitación de la Federación Colombiana de Tenis para representar a Colombia en el Junior Orange Bowl de Miami, uno de los más prestigiosos torneos orbitales a nivel juvenil, donde participan los jugadores que más adelante llegan a destacarse en el ránking mundial de tenistas profesionales (WTA y ATP).

Yolanda recuerda ese momento con una mezcla de orgullo y frustración: “Me mandaron una carta donde me decían cuál sería mi hotel, la fecha y todo lo demás, pero me dejaban claro que no tendría apoyo económico ni técnico, lo cual significaba que debía viajar por mi cuenta”. Sin embargo, eso no fue un impedimento para una joven soñadora y aguerrida como ella. Inició entonces un entrenamiento intenso que incluía preparación física y prácticas en canchas de cemento, pues le indicaron que la competencia se jugaría en superficie dura.

 

Llegó el momento del viaje, la emoción de lo desconocido, los nervios de la competencia y muchos jóvenes con los mismos sueños se reunían ese día. No obstante ella, se sintió más sola que nunca. “Ese día sentí la desilusión más grande de mi vida, llegué al lugar donde fui asignada y resultó que la cancha era de arcilla y no de cemento como se me había dicho. Por supuesto que mi juego no fue el mejor, me provocaba llorar”.

 

Continuó compitiendo en la categoría de 16 años a órdenes de Israel Leal, el entrenador que la acompañaría en el epilogo de su carrera. Su voluntad de ganar se mantuvo siempre en alto para defender los colores de su tierra, sin embargo, se sentía desmotivada por el abandono gradual de un deporte que tanta gloria le brindó a la región.

Su desilusión fue mayor al ver el atraso del tenis nacional frente a otros países. La falta de apoyo y la desidia de la dirigencia deportiva a nivel nacional y regional, llegaron al punto de quebrantar sus sueños. Su mente no concebía que debiera viajar sola a representar su país hospedándose en casas de familias de sus compañeros y sin viáticos. Por esta razón decidió alejarse definitivamente de las competencias.

 

Hoy después de largos años y experiencias no duda en afirmar que existieron errores que pudieron haber cambiado los rumbos de muchos jóvenes talentosos. Sin embargo, mira con optimismo el futuro y enfatiza sobre la importancia de los semilleros: “Si queremos revivir esa época debemos apostarle a los niños para masificar el deporte. También es indispensable una dirigencia que muestre verdadero interés y compromiso como el que teníamos en ese entonces”.

 

Un deporte de familia

Como madre tuvo la felicidad de inculcar el tenis a sus dos hijos. Nicolás, el mayor, jugó muy poco. Juliana en cambio, realizó una hermosa carrera que la llevó disputar giras Cosat y ser la raqueta número 3 de Colombia en su categoría.

Su sentimiento es grande. Definitivamente no concibe su vida sin el deporte que le ayudó a formar su carácter brindándole alegrías, enseñanzas y sobre todo, buenos amigos. Posee los mejores recuerdos que su memoria puede tener de una época en la que no existía la Internet, ni la televisión por cable, entonces, los jóvenes hacían mas deporte.

 

Para finalizar, quisimos pedirle un consejo para las nuevas generaciones. La campeona reflexiona un momento y afirma: “El que quiera competir y ganar debe saber que la única manera de lograrlo es con sacrificio y disciplina, pues nada bueno y duradero se consigue por el camino fácil”. &

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